La tarde fluía tras los cristales redondeando las formas,
apenas revelando la intensidad del instante.
Tus manos afanosas interpretaban una melodía nueva en mi piel
y lentamente nos dejamos transcurrir por el tiempo
entre besos y la intensidad verde de tu mirada.
-Quédate conmigo-dijiste, y sonó a lluvia y a espuma.
Yo te respondí de la única manera que supe
y callé aquellas otras palabras con un beso.
Tus párpados cerrados se estremecían al contacto de mis labios
y tus dedos atraparon los mios que temblaban inéditos en tu espalda.
Aquella tarde subimos y bajamos por la intensidad del deseo.
Las manos no fueron suficientes, los besos no bastaron,
las caricias codiciosas quemaron.
No dejamos nada al azar, que no pudo asaltar ni un solo instante
la fortaleza de abrazos con la que construimos
aquel momento único y nuestro.
Los pliegues de tu piel no se resistieron al amor,
a mis manos ávidas de ti y mostraron toda la ternura,
me recibieron despacio encajando en tus aristas
ya vencidas de la pasión desatada.
Bajé por tu cuerpo, navegué a la deriva en tu pecho
y recogí mis velas en tu boca donde la silueta de tu nombre
se destrozó jugando con tu lengua.
Dibujamos bocas a la luz de la incipiente luna que,
ingenua y pálida, nos contemplaba desde el espejo del mar.
Sólo la escasa luz fue testigo de nuestro encuentro
y nada tan fugaz ocurrió en unas horas tan largas.
No fuiste breve, ni precipitada,
no fuiste extrema ni complaciente
en cambio sí fuiste tierra y fuego, y agua y luna,
socavando mi interior, retirando malezas.
Y tu bálsamo de besos, dulce y cálido, cerró heridas esa tarde
traduciendo los códigos pasados en renacido presente.
Lo usaste con ternura y sin reservas,
con la delicadeza del agua que se desliza
en el azul de las olas mediterráneas,
con el ímpetu de una brisa que, enredada en el trigal de agosto,
susurra una canción de tiempo y aleja los temores.
Tú, única entre las sábanas,
tendida como la sombra de mi destino,
enredada en mis ganas y simétricos los sentidos,
te precipitaste en el abismo de mi piel,
rodeaste mi cintura con los besos,
amarraste el deseo de mis piernas
en un nudo de eterno recuerdo.
Te perdiste en la curva de mi espalda
cuando la intensidad de tus manos
me elevó del mundo y la nada.
Me ataste a ti
y a la interminable longitud de tu deseo más profundo
mientras yo, entregada al juego dulce de tu boca,
perdida ya sin remedio en la orilla de un tiempo sin horas,
desnuda de voces y ruidos,
consciente del peso liviano de tu cuerpo
y de la dedicación de tus labios,
sucumbí al estallido de besos,
de inacabables caricias y, en la tenue luz de la tarde,
contemplaste el espectáculo de mi amor derramado.
La noche se extendía suave en el horizonte
y el desasosiego de las olas
rompía el silencio de una habitación en desorden.
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