Un perro ladra en la distancia y dos chiquillos pasan corriendo jugando a hacerse mayores.
Gritan consignas de rayuelas y adivinanzas en incesantes ruedas de latón y manos.
Cuelgan por turnos de una soga desafíos y proezas balanceándose sobre vacíos inciertos, sobre heridas sin cura ni consuelo.
Saltando sobre cuerdas de colores, entonando letanías aprendidas en patios y corros.
Hay un olor a leña recién cortada, a humo de hogar y a hogueras abiertas donde se queman los restos de alguna poda.
Vuelan las chispas que perderán su fuego en el frío viento de la tarde.
Las ascuas calentarán casas blancas de pueblo,
mesas de un comedor familiar donde un caldo caliente,
o tal vez algo más consistente, repondrá las fuerzas de duras jornada en los campos.
Los vecinos se afanan en sus tareas,
una madre llama a un chiquillo que salió a jugar sin abrigo ni bufanda.
Las puertas están cerradas al frío y a la soledad de la plaza
donde los ancianos ahora no sestean.
Las sábanas blancas de secan al raso violeta en azoteas
salpicadas de macetas de tallos yermos.
Un rebaño cruza alguna calle y el pastor lía un cigarrillo de largas esperas.
Sueña la melancolía con tardes de otoño, con libros escolares,
con lápices despuntados.
Y ese olor de las gomas que borran errores infantiles.
Caligrafía apretada, torpe e inocente proyecto de una escritura adulta.
Colores y olores de cuadernos cuidados y queridos,
guardados entre montones de sueños.
rojos y azules,
amarillos y naranjas,
mezclas imposibles de deseos.
Ojos curiosos testigos de una realidad difusa,
infancia precipitada, irrepetible y tierna.
Olor a bizcocho en el hogar, sabores a vida y a especias.
Mirada infinita de madre, única.
Y sus manos que se emplean dando vida a la casa.
Tal vez un padre ausente.
Ternura de abuelos en luto eterno, hoscos, adustos.
Infancia en blanco y negro en pueblos de cal.
El baño de los niños, ritual alegre y ruidoso
sin patitos de goma ni recompensas.
Suave ropa blanca sobre la delicada piel infantil.
Felicidad a raudales y el olor del hogar,
ese que imprimen las manos de la madre
y las ásperas toallas que poco a poco
desprenderán la inocencia.
Cae la noche y los juegos de los niños que no cesan
entre sábanas frías con aromas a jabón y a romero.
El abrazo del cansancio, el rumor de la noche.
Madrugadas de lluvia en los tejados,
repiqueteo de gotas en finos cristales helados,
empañados del vaho de la casa,
de bocas, palabras y alientos familiares.
Aromas y recuerdos dulces y fugaces,
pilares de la vida, del ser que soy
de los ojos y de la mirada que siempre me acompañan.

