Se extendía hasta más allá, en lugares desconocidos para ella, hasta personas que no sospechaban de su existencia.
A veces su trenza se enredaba en marañas de las que solía salir airosa, otras veces, el lazo que sujetaba su pelo, se desataba y tenía que recoger rápido su trenza para no desmelenarse.
La princesa es sabia y conocía los peligros de llegar a lugares y a personas anónimas pero su ilusión y su anhelo de alcanzar algún día el corazón de una persona a la que entregar el suyo le hacían arriesgar y persistir.
Un día, la princesa llegó a un espacio donde se sentía cómoda y feliz. Decidió quedarse y recogió su trenza. Su corazón estallaba de felicidad y, sin cautelas, se entregó al placer de haber alcanzado su meta. Amó y se entregó.
Pasó el tiempo y surgieron obstáculos que no pudieron vencerse. Ataduras que no permitieron que ese amor fuera libre. La princesa tuvo que aceptar la evidencia del final de aquella historia y cayó en un estado de postración. Herida, sola y frustrada por haber tenido la felicidad en las manos y haberla perdido de nuevo se retiró a su refugio y, desde la atalaya, derramaba lágrimas aunque permanecía alerta en la ventana por si alguno de los caminantes al pasar le anunciaba un ansiado regreso.
Pasaban los días y la princesa empezó a aceptar la evidencia. Era muy duro para ella haber tenido que renunciar al amor de nuevo y se preguntaba una y otra vez por qué tuvo que aprender ciertas cosas, por qué tuvo que pasarle esto cuando ella solo quería ser feliz. ¡¡Ella solo había amado y entregado su corazón!!
Tuvo que pasar un tiempo hasta que los campos volvieron a reír, hasta que los cantos de los colibrís volvieron a llenarla de ilusión por la llegada de un nuevo día, hasta que las madrugadas dejaron de estar llenas de lagunas de sueño y se llenaron de anhelos de futuro compartido donde anidar de nuevo en un corazón amable y libre.
La princesa volvería a reír, volvería a soñar. Lo dijo un cantor que entonaba sus trovas en la plaza del mercado.
Lo trajo el viento que al pasar dejó su historia en mis labios. Y yo sonreí al saber de su dicha.
(Para la "luna" que lo inspiró)